El día que Hitler alcanzó el poder
El pasado miércoles, 30 de enero, se cumplió el 75º aniversario de aquel 30 de enero de 1933, cuando a las 11.30, Paul von Hindenburg, presidente de
Catorce años había durado la primera democracia de la historia de Alemania, nacida en la ciudad de Weimar a comienzos de 1919, como consecuencia de la derrota militar del imperio en
La derrota militar de Alemania en
En los años posteriores a la guerra, Hitler se abrió camino muy pronto entre los círculos políticos de la extrema derecha de Múnich. Allí entró en contacto con algunas de las personas que tan importantes iban a ser después en el movimiento nazi, y que constituirían el grupo de amigos más íntimo: Hermann Göring, Ernst Röhm, Rudolf Hess y Alfred Rosenberg. Y en Múnich conoció también al general Erich Ludendorff, enemigo furibundo de la paz de Versalles y que se propuso desde el principio echar abajo al nuevo orden republicano. Él y Hitler fueron los principales organizadores del golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, planeado en la cervecería Bürgerbräukeller, para el que lograron reclutar a unos 2.000 hombres armados y que fracasó estrepitosamente. En los enfrentamientos murieron 14 insurrectos y cuatro policías. Pese a la gravedad de los hechos, Hitler fue condenado a una sentencia de cinco años en prisión. En realidad, sólo estuvo unos meses, hasta el 20 de diciembre de 1924. Allí escribió, a sugerencia del editor nazi Max Amann, un relato de su vida y de sus opiniones, que apareció publicado un año después como Mein kampf (Mi lucha).
De ese fracaso, Hitler sacó varias enseñanzas. Abandonó la idea de llegar al poder a través de un putsch, para concentrar sus esfuerzos "dentro de la ley", sin excluir el uso de la violencia, en la movilización de masas, en controlar el partido, extenderlo por todas partes y marcas las distancias con los otros grupos nacionalistas y patrióticos. Hitler tenía un programa, un embrión de ideas básicas esbozadas en Mein kampf: nacionalismo, hostilidad al socialismo, destrucción de los enemigos internos de Alemania, un virulento racismo y Lebensraum, que podría encontrarse en el este de Europa y en Rusia en particular, que conduciría a la conquista militar y devolvería a Alemania su condición de primera potencia mundial.
Pero ni la organización del partido, ni la movilización de las masas, ni la capacidad de Hitler para desarrollar el papel de un líder carismático, con excepcionales dotes de orador y propagandista, dieron grandes frutos en esos años de relativa estabilidad de
Alemania estaba gobernada entonces por una precaria coalición de partidos, dirigida por el socialista Hermann Müller y en la que había representantes católicos, liberales y nacionalistas liberales. A la hora de tomar medidas para paliar el impacto de la depresión, el SPD, los socialistas, apoyados por sus influyentes sindicatos, y el DPV, los nacionalistas liberales, estrechamente conectados con los intereses de los grandes negocios, tuvieron fuertes disputas, especialmente en torno al mantenimiento del seguro del paro, que los socialistas querían mantener, y los nacionalistas liberales, recortar. Müller presentó la dimisión el 27 de marzo de 1930, y allí se acabaron los Gobiernos parlamentarios. Las decisiones políticas ya no se iban a tomar en el Reichstag. Antes de ese año, el Parlamento se reunía un promedio de cien veces al año. A partir de la dimisión de Müller, las sesiones parlamentarias eran cada vez más escasas, y en los seis meses antes de la subida de Hitler al poder, el Reichstag sólo se reunió tres días.
El poder político se movió a otros sitios, al círculo de confianza de Hindenburg, el mariscal de campo del ejército alemán durante la guerra, presidente de
La depresión, por tanto, con sus consecuencias económicas y psicológicas, metió de lleno a Alemania en una grave crisis política. Los nazis aprovecharon esa circunstancia para presentar la crisis como un resultado del sistema democrático. En las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 pasaron de
La mayoría de los votos a los nazis procedían de los grupos protestantes de los distritos rurales, de las pequeñas y medianas ciudades, de los terratenientes y pequeños y medianos propietarios. Y aunque un sector importante de su electorado pertenecía a las clases medias, la investigación histórica ha roto con el estereotipo del NSDAP como un partido sólo de clases medias bajas. Era un electorado de composición social variada, con muchas mujeres también, que incluía a muchos empleados de oficinas y talleres, y, frente a lo que erróneamente se ha supuesto, los parados, procedentes sobre todo de las grandes industrias, no los votaron y dieron su apoyo a los comunistas.
De ahí que haya que precaverse frente a las generalizaciones sobre el apoyo del "pueblo alemán" a los nazis. Antes de que Hitler fuera nombrado canciller, el porcentaje más alto del voto que obtuvieron fue el 37%. Un 63% de los que votaron no les dio el apoyo, y además, en las elecciones de noviembre de 1932, comenzaron a perder votos y todo parecía indicar que habían tocado techo. El nombramiento de Hitler no fue, por consiguiente, una consecuencia directa del apoyo de una mayoría del pueblo alemán, sino el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción de
Parecía un gabinete presidencial más, como el de Brüning, Franz von Papen o Schleicher. Pero no era así. El hombre que estaba ahora en el poder tenía un partido de masas completamente subordinado a él y una violenta organización paramilitar que sumaba cientos de miles de hombres armados. Nunca había ocultado su objetivo de destruir la democracia y de perseguir a sus oponentes políticos. Cuando el anciano Hindenburg murió el 2 de agosto de
Como aquí se cita, Hitler obtuvo el 37% de los votos en las elecciones llevadas a acabo en noviembre de 1932. Es evidente que no consiguió una amplia mayoría, pero ese tipo de mayorías se dan con frecuencia, de hecho, mayorías así son las aconsejables, ya que cuando se dan amplias mayorías, se convierten en dictaduras parlamentarias cuando son mayoría absoluta.
Lamentablemente, Hitler, quien indudablemente no tenía la mayoría suficiente para barrer democráticamente, logró hacerse con el control de la situación, y aprovechando las reglas democráticas, alcanzó el poder, para después aniquilar la democracia.
Está claro, que la situación en la que se encontraba Alemania en esa época, era propicia para cualquier iluminado, e Hitler lo supo rentabilizar, lo que le encumbro al poder.
Aun dándose una situación inestable, no puede ignorarse que a Hitler lo votaron el 37%, lo cual, sin duda fue democrático. Ante tal circunstancia, se da todo un dilema, y no es otro que si la democracia a de ser plenamente rigurosa, aceptando cualquier victoria electoral. Personalmente, en principio me decanto por preservar la esencia democrática, de ahí que considere que el ascenso de Hitler al poder, debía ser aceptado.
Lógicamente, los verdaderos demócratas, debieron impedir que pudiera darse una situación propicia para el ascenso de Hitler al poder. Cuando un país está al borde del abismo, y Alemania lo estaba, es muy factible que salgan tipos como Hitler.
Alemania fue humillada tras la derrota de la primera guerra mundial, y encima se produjo la gran crisis económica a consecuencia de la quiebra de la bolsa en 1929.
Como ya mencioné anteriormente, si el resultado electoral avaló el ascenso de Hitler al poder, entonces debía aceptarse. Eso no habría ocurrido, si los verdaderos demócratas no hubiesen tenido un comportamiento de pura desidia.
Evidentemente, hay que aceptar el resultado electoral, otra cosa es lo que vino después. Sin duda, Hitler aprovechó las reglas democráticas para llegar al poder, así como la lamentable situación que se daba en la época
Indudablemente, la victoria electoral de Hitler, debía aceptarse, pero no por ello, puede aceptarse que vulnerase los derechos de la ciudadanía, convirtiendo su victoria electoral, en la instauración de un régimen totalitario.



Neardental dijo
Comparto tus comentarios, aunque creo que para que no pase nunca mas algo parecido a Alemania en 1933, las democracias actuales disponen de recursos suficientes que garantizan las leyes mínimas de convivencia, en este caso se llaman constitución, también creo que hay que actualizarlas convenientemente al nivel que exige la madurez y libertad del pueblo.
3 Febrero 2008 | 10:40 PM